dilluns, 19 de maig de 2014

AÑO 536: CUANDO ROMA VOLVIÓ A SER ROMANA. ENTRE LA BRUMA Y LAS SOMBRAS

Autor: Koldo Gondra del Campo
Una colaboración para Arraona Romana

Belisario entra en Roma

Si algo llama poderosamente la atención de cualquier historiador medianamente objetivo respecto a la propia historia de Roma, y su trasiego como ciudad imperial, es sin duda un capítulo histórico que se mueve todavía entre la bruma y las sombras en pleno siglo XXI. Se trata de la reconquista de La Ciudad Eterna por parte del Ejército Imperial  romano oriental.

Ese hecho es fundamental y clave para entender la transformación del mundo clásico en algo diferente, pero no por ello situado en otro sitio, en otra era, en otra historiografía menos ortodoxa y fidedigna al hecho cultural y político de la romanidad y de la historia milenaria de la gran ciudad de Roma y su Imperio.

El hecho de teorizar que durante el gobierno romano oriental (536-727) el “hecho imperial” de Roma  fue diferente por tener en Rávena al gobernador o exarca imperial  no se sostiene, ya que desde hacia siglos la ciudad de Roma había perdido la capitalidad en el propio Imperio Occidental en favor de Milán (286-402 d.C.) o, después, de Rávena (402-476 d. C), sometida esta última a Constantinopla, capital (de hecho y de facto) de todo el Imperio Romano desde su fundación en el 330 d.C.

Sólido de Rómulo Augusto
Tras la deposición del último emperador  romano* de Occidente el 4 de septiembre del año 476 d.C. por el líder hérulo Odoacro, éste envió las insignias imperiales a Constantinopla y de facto fue reconocido como Rey de Italia poniendo fin jurídicamente al Imperio Occidental como realidad política. Sin embargo, ¿podemos afirmar que ese fue el fin del Imperio Romano como tal?. ¿Que no hubo un último capítulo imperial en esa ciudad?. La respuesta es clara, sencilla y abierta. Parece que tras más de mil años de existencia del Imperio Romano de Oriente, éste jamás ha existido para muchos. Es un grave error historiográfico en favor de la idea fantasiosa de una Europa germanizada,  que en realidad estaba lejos de formar unidades políticas y, sobre todo, culturales homogéneas.

Odoacro no fue el líder de todos los hérulos, ya que a pesar de que tenía para si un contingente mercenario bastante grande, la mayoría de ellos servían desde hacía décadas a los ostrogodos.

Desde Constantinopla, el emperador Zenón ordenó al rey ostrogodo Teodorico El Grande recuperar la totalidad de Italia para el Imperio, pues  los ostrogodos eran nominalmente parte del engranaje imperial oriental y una pieza vital del puzzle en la política del momento. En el año 488 d. C. Zenón abrió el apetito de Teodorico al ofrecerle el gobierno de Italia con la condición de expulsar a Odoacro. Teodorico entró por el Norte de Italia y ocupó Rávena. Simuló una alianza con Odoacro pero lo apuñaló durante la celebración en el 494 y se proclamó rey de Italia.

Tras la muerte de Zenón, Anastasio ocupó el trono imperial en Constantinopla y reconoció a Teodorico como rey de Italia en el 497, un teórico siervo del Imperio de Oriente, un federado a ojos del emperador. No obstante, Teodorico defendió y atacó los intereses del emperador por igual. Su política se basó en un elemento que acabaría mal para la corona ostrogoda: reservó para los ostrogodos el poder militar y dejó en manos romanas el poder civil.

El pueblo ostrogodo era arriano, mientras que el romano era católico, lo que conllevó a una convivencia a veces tensa. Sin embargo, el rey ostrogodo se sentía heredero de las tradiciones sociales y políticas romanas...pero con una gran diferencia respecto a lo que de él se esperaba desde Oriente: Teodorico quiso crear un imperio germánico unificando a ostrogodos, visigodos, francos y vándalos. Para ello, utilizó los enlaces matrimoniales con relativo éxito, ya que si bien fue el bárbaro más poderoso de su tiempo no pudo evitar que las facciones rivales ostrogodas compitieran por el poder tras su muerte, siendo su nieto Atalarico el encargado de sucederle en el trono en el 526 d. C.. tutelado por su madre Amalasunta hasta la tempran muerte del rey en el 534.
Teodora

La política de regencia de Amalasunta fue muy favorable para el Imperio Oriental, lo que suscitó numerosas querellas internas en el reino. La búsqueda de un sucesor no fue gratificante en absoluto para la reina regente, ya que el escogido para suceder a su hijo y desposarse con ella fue Teodorato, que tras la boda encarceló a la reina y la dió muerte posiblemente instigado por la emperatriz Teodora, que buscaba una guerra abierta con el reino ostrogodo para que éste entrase de lleno en la visión de reconquista de Occidente (Renovatio Imperii) de Justiniano. Y así ocurrió.

Con el norte de África otra vez en manos romanas tras aniquilar a los vándalos, el emperador Justiniano I posó su mirada sobre la cuna del Imperio: Italia, y su antigua capital; la ciudad de Roma. 

En 535, Mundus invadió Dalmacia, y Belisario, con un ejército de 8.000 hombres, capturó Sicilia con facilidad. Desde allí, en junio del año siguiente, cruzó hacia Italia por Rhegium.

Luego de un asedio que duró veinte días, los romanos saquearon Nápoles a principios de noviembre. Tras la caída de Nápoles, los godos, furiosos por la falta de acción del rey Teodato, formaron un consejo y eligieron a Vitiges como su nuevo rey. Teodato, que huyó de Roma hacia Rávena, fue asesinado por un agente de Vitiges en el camino.

Belisario
Entre tanto, Vitiges reunió un consejo en Roma donde se decidió no enfrentar inmediatamente a Belisario sino esperar a que se reuniese el ejército principal, que estaba estacionado en el norte. A continuación, Vitiges se dirigió a Rávena, dejando una guarnición compuesta por 4.000 hombres para proteger la ciudad. No obstante, los ciudadanos de Roma apoyaban decisivamente a Belisario y, en vista del brutal saqueo de Nápoles, no deseaban correr el riesgo de un asedio. Por ello, se envió junto a Belisario a una delegación en nombre del papa Silverio y de los ciudadanos más eminentes. 

 La guardia ostrogoda se dio cuenta de inmediato que, ante la hostilidad de los habitantes, su posición era insostenible, de modo que el 9 de diciembre de 536 Belisario entró en Roma a través de la Porta Asinaria a la cabeza de 5.000 soldados de infantería, mientras que la guarnición ostrogoda abandonaba la ciudad por la Porta Flaminia y se dirigía al norte hacia Rávena. Después de 60 años, Roma estaba otra vez en manos romanas. Vitiges intentó volver a tomarla en el 537-538, pero fracasó de forma rotunda.

La Pragmática Sanción del año 554 devolvía Roma al Imperio Romano, convertida en Ducado, fue más de lo que había sido en el Bajo Imperio. Italia fue gobernada por el gobernador oriental desde el Exarcado de Rávena. 

Roma siguió siendo romana hasta el año 751 con la caída del Exarcado de Ravenna frente a los lombardos, siendo en el año 756 d.C. cuando fue puesta en manos de Gregorio II con el apoyo franco frente a la estrategia lombarda finalmente como patrimonio de San Pedro. El emperador romano de Oriente sólo tendría un reconocimiento nominal hasta que el Papa León III rompió con el Imperio romano de Oriente y coronó emperador a Carlomagno el 25 de diciembre del año 800 d.C. 


De esta forma finalizó una época, el de la Antigüedad en Roma y comenzaba realmente la Edad Media en La Ciudad Eterna. Pero conviene tener claras algunas cosas. Roma tuvo un extra de periodicidad imperial posterior al 476 d.C.  más largo que la propia vida de muchos de los reinos germánicos que se asentaron en Europa tras la caída de Occidente: casi 200 años romanos más. Eso es más de los que viven otros reinos, imperios y repúblicas. Lo dicho, entre la bruma y las sombras.


* Rómulo Augustulo jamás fue reconocido como emperador por el Imperio de Oriente. La toma del poder por parte de su padre Orestes fue mediante la usurpación del trono. Para muchos historiadores, el último emperador legal del Imperio Romano Occidental fue Julio Nepote.


Justiniano



Bibliografía:

−    Ostrogorsky, Georg: Historia del Estado Bizantino. Editorial Akal, 1983.

−    Ferrill, Arther: La caída del Imperio Romano. EDAF, Madrid 1986.

−    Bravo García, A.; Signes Codoñer, J.; Rubio Gómez, E.: El imperio bizantino: historia y civilización: coordenadas bibliográficas. Ediciones Clásicas. Madrid, 2001.

−    John F. Haldon: Byzantium at War. Osprey Publishing, Londres 2002.

−    Dr. Raffaele D'Amato & Dr. Giorgio Albertini: The Eastern Romans (330-1461). Concord. HK, 2007.

−    R. Boss, R. Chapman, P. Garriock, Justinian's War: Belisarius, Narses and the Reconquest of the West, Montvert Publications, 1993.

−    David Nicolle : Romano-Byzantine Armies 4th 9th centuries. Osprey Publishing, Londres, 1992.

−    Robert Graves: El conde Belisario. Edhasa, Barcelona 1983 (1938 1ª edición).